sábado, 18 de septiembre de 2010

LOS GÉNEROS DE OPINIÓN PERIODÍSTICOS

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“Te amo porque me haces mujer”

Gloria Inés Escobar Toro

La pasión del amor, como bien lo dijera Julio Verne, es tan absorbente que deja muy poco lugar para otra cosa en el corazón, distrae a los seres humanos, especialmente a las mujeres, de otras pasiones igualmente importantes pero si se quiere, más trascendentes para ellas mismas y por tanto, para la humanidad.

El amor, esa emoción que nos embarga cuando encontramos en otra persona cualidades por las que nos sentimos irrefrenablemente atraídas y nos produce un sentimiento de felicidad al compartir nuestra vida con esa persona, es en sí mismo un sentimiento agradable y podríamos añadir, positivo. Sin embargo este sentimiento aparentemente deseable, en realidad hace mucho daño cuando se vive de la manera como nos lo han enseñado.

Veamos. El amor no se ha edificado igual para todos los seres humanos. Mientras para las mujeres este sentimiento ha sido convertido en su centro vital, en su “razón”, para los hombres, no; al contrario, en nuestra sociedad éstos han tenido la posibilidad de ocuparse de otras pasiones como el conocimiento, el poder y la ciencia, por ejemplo. En otras palabras y en términos generales, mientras que para las mujeres el amor es prioridad en sus vidas y roba mucha de su energía, esfuerzo y tiempo, los hombres han tenido prioridades mucho menos sentimentales y han dirigido su esfuerzo a asuntos más “prácticos”. Así que decir “te amo” no tiene el mismo sentido para los dos sexos.

De otro lado, alguien dirá que el amor por ser un sentimiento no necesita razones para explicarse (afirmación bastante discutible, por lo demás), pero no se puede negar que sí existen razones para querer o amar (no entremos en grados de intensidad), a otro ser humano.

Alguien podrá también afirmar que como el amor es algo tan subjetivo, cualquier justificación para querer es válida. Desde esta perspectiva resultaría entonces totalmente admisible y hasta profunda una expresión como “te amo porque me haces mujer”. Sin embargo esta frase, sacada de una canción escuchada por casualidad, no sólo no puede considerarse válida ni romántica sino más bien, perversa.

Vamos por partes. ¿Qué significa realmente esta frase?, ¿cómo debe entenderse?, preguntas que nos llevan necesariamente a otras, o por lo menos a una sin la cual no podrían responderse las demás, ¿qué significa hacerse mujer?

Si hacerse mujer, hablando en términos biológicos, se entiende como convertirse en hembra humana adulta, la frase resulta menos que absurda porque el grado de madurez de un individuo, cualquiera sea su sexo, no se alcanza por la interacción con otro individuo sino por el propio desarrollo de su biología. Para el caso, una mujer biológicamente lo es cuando ha alcanzado su etapa de maduración, cuando todos sus órganos han logrado su pleno desarrollo y en esto nada tiene que ver la acción de un hombre. Es tan mujer una adulta que esté enamorada o que no lo esté, lo es tanto la que tiene una compañía masculina a su lado como la que no.

Ahora, si se entiende la expresión hacerse mujer en términos sociales, habría que partir de la caracterización de lo que ser mujer significa en esta sociedad. Sólo para recodarlo: mujer para nosotros significa ente otras muchas “características”, ser obediente, abnegada, pasiva, dócil, sentimental, dulce, complaciente, comprensiva, aguantadora… en pocas palabras, sometida a la voluntad del hombre. Así que, te amo por hacerme mujer, implica que una mujer ama a un hombre por ser éste el vehículo para que ella pueda encajar en el molde, por ser él quien le facilita ubicarse en el lugar que la sociedad ha establecido como el correspondiente. En otros términos podría interpretarse esta frase como te amo por hacerme un ser dependiente, porque me sustraes de la carga de ser un humano completo y complejo.

Finalmente, si la frase se refiere a que hacerse mujer es sentirse sexualmente realizada efectivamente habría allí una razón sino suficiente para amar a un hombre, sí por lo menos para estarle reconocida y agradecida por procurarle un placer frecuentemente esquivo para la mayoría de las mujeres, quienes para alcanzar el clímax sexual han debido recurrir, en muchos casos, a su propia estimulación.

De cualquier manera la frase “te amo porque me haces mujer” resulta manida y vacía pero sobre todo tremendamente peligrosa en la medida que afirma como una razón favorable lo que en realidad es un menoscabo para la dignidad de una mujer y si se quiere, hasta una afrenta.

Como reflexión y propuesta a propósito de la cercanía de la comercial fecha de “el amor y la amistad”, aceptemos el reto de imaginar y construir una relación amorosa que nos ayude a liberarnos de las cadenas que nos atan a un estereotipo que nos coloca en situación de inferioridad en esta sociedad, con todas las consecuencias nefastas que ello conlleva. Y tranquilos, esta propuesta para nada elimina el romanticismo en la relación amorosa, al contrario, lo estimula al obligarnos a imaginar otras formas de entender y vivir el amor.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Si Johnny Rivera fuera Alcalde de Pereira

EL DIARIO DEL OTÚN

http://www.eldiario.com.co/seccion/ENFOCADOS/si-johnny-rivera-fuera-alcalde-de-pereira100907.html

Si Johnny Rivera fuera Alcalde de Pereira

John Harold Giraldo Herrera-Docente UTP

Como la ciudad de Pereira aún no cuenta con candidatos visibles para la Alcaldía, la posibilidad de reelección para alcaldes y gobernadores no va a pasar en el Congreso – si pasa es seguro que Israel gana- propongo la figura de un tipo soltero, sin compromisos, carismático, mass mediático, eso sí muy intenso aunque tímido, sin liderazgo pero con acogida, además de popular representa muy bien la idiosincrasia –si es que tenemos- de los pereiranos: Jhonny Rivera. Sería el ideal, no necesitaría de muchos esfuerzos, ni siquiera requiere de maquinarias y cómo anda regalando casas y ofreciendo conciertos gratis por varias causas, su sentido de la misericordia se ve subsanado así su campaña estará asegurada.


Si Jhonny Rivera fuera el alcalde de Pereira, pasaríamos del segundo al primer puesto de mandatarios mejores de Colombia, la Alcaldía de Pereira sería de las más recordadas en toda su historia y los ciudadanos, aunque despechados viviríamos más felices, tomando en la cantina y luciendo nuestros más drásticos testimonios de tusas. Creo que se acabarían las violencias intrafamiliares derivadas por los celos y en su honor viviríamos dichosos en la poligamia, los tres, cuatro o los cinco…


De tajo, se acabaría el desempleo o por lo menos se bajaría porque podríamos exportar talentos a todo el orbe: no importa que no sepan cantar: la música popular se extendería a nivel internacional y como casi todos cumplimos los requisitos: ser pobres, contar con una historia de despecho, estar arruinados y vivir en la desgracia… ya para entonces abonaríamos pasos y la Unesco o cualquier organismo nos tendría en la mira para ser declarados patrimonio de la humanidad. Entonces serían legítimos, como en ningún rincón del mundo: matar y morir por amor. Al no destacarnos en ningún deporte, ni siquiera a nivel nacional porque poco o nada se apoya a los atletas, ese sería el nuestro: el amor como deporte regional, pero el amor en su lado amargo, como nos lo han hecho ver tantos cantautores de esta música: el desamor. Como diría la socióloga Florence Thomas, viviríamos en los estragos del amor.


Largas jornadas se extenderían para que en la plaza pública el sufrido, el despechado, se alistara para cometer su suicidio y como en épocas antiguas, según cuentan en el libro de "Las mil y una noches", el escarmiento de ver al suicidado exhibido generaría repudio y menos ciudadanos cometerían el hecho, aunque si eso sucede perderíamos trascendencia. Pero eso sí, seríamos buscados por los habitantes de la aldea global que deseen aliviar sus penas: a punta de trago, autoflagelación y martirio y hasta se propondría un método, se alistaría un hallazgo, así se podría ofrecer todo un tour, no como el actual, que somos buscados para los llamados sextour, sino, para uno: en el que se garantice una aventura y su antípoda y de encima el remedio: seríamos la fascinación del mundo. Además haríamos campo para los que asesinen por amor, y claro, para aquellos que estrangulan las penas… desde el punto de vista jurídico serán reformadas –las penas- porque no se podría castigar el desquite, hasta se podría colocar un nuevo artículo que diga que el otro o la otra me pertenece y a su vez le pertenezco. Tendríamos una nueva cédula: la del desamparo y el desarraigo y nuestro eslogan sería perfecto: acá todos somos despechados ya nadie es pereirano. Esta es la ciudad sin puertas, todos pueden sufrir de desamor. Bienvenidos a la querendona, despechadora y muy alardeada morena.


Se institucionalizarían los actos culturales de los colegios y universidades con ítem infaltable: el niño revelación de la canción popular, no importa si ese niño, joven, adolescente ni siquiera haya cursado el amor, sabría que de entrada clasificaría para perderlo. Así los esfuerzos serían mínimos y colocaríamos una cátedra obligatoria: ¿cómo ser cantante revelación?, no se requerirían profesores, ni mucho menos creatividad, tan sólo un tanto de desidia, más de melancolía, amargura, desazón y todos esos ingredientes que se suman en las canciones del denominado despecho.


Haríamos monumentos al traqueto y cambiaríamos los que ya están como desgastados y olvidados, ya que los existentes casi nadie los recuerda, así se podrían fundar romerías, de modo tal que se reactiva el comercio, se extienden los turistas y además de café (ya hay muy poco) tendríamos símbolos fuertes que nos consagren. Podríamos insinuar que ese narco hizo milagros, que el otro fue un tipo humanista, que ese otro fue el que tuvo más mujeres, que aquel fue el que más exportó coca y en fin, el ideario sería tan elocuente como atractivo y tendríamos que contar con más hoteles y sitios para albergar a los que vendrían.


Además le tocaría el Sesquicentenario de la ciudad, por tanto, las cabalgatas serían nuestra máxima honra, las fondas se podrían hasta ubicar en los centros comerciales, se harían procesiones para adorar a nuestro ídolo –el alcalde claro está-, y lo levantaríamos como insignia incluso para estar en el nuevo billete de $100.000. No tendríamos ni rendición de cuentas ni mucho menos consejos comunitarios, pondríamos al padre Chucho a cantar la misa –con coros de niños despechados-, porque sería necesario pecar y arrepentirnos, pues de nada valdría ser felices sin sentirnos mal aunque sea un poquito, y no se necesitarían porque todo mundo sabría que no se requeriría rendir cuentas ¿de qué? Si el edil no sabe cantar mucho menos sabrá declarar.


Fundaríamos una nueva tribu, seríamos acogidos y encogidos por la congoja. La bandera cambiaría, se le aumentaría un nuevo color, porque el rojo bien representaría la inmortalidad del despecho y el amarillo la riqueza de la pesadumbre y con el negro –el nuevo color- rendiríamos tributo al duelo, sea este por desamor o por el desconsuelo.


Tendríamos más cultura: le haríamos honores a la silicona –ya que la ruana es obsoleta-, haríamos infinidad de productos audiovisuales, desde truculentos melodramas hasta severos cortometrajes e inundaríamos el mercado de las pantallas con una etiqueta: el despecho. Pensándolo bien ya ni necesitaríamos escuelas, porque sería mejor abrir cantinas y contar con espacios para la música popular.


Pero Jhonny Rivera no puede ser alcalde, porque no existe, sólo es un invento, un espectro en el imaginario, una especie de fantasma, una conmoción. Ni siquiera podría figurar así en un tarjetón porque es otro el ciudadano, como quien escribe este texto.