lunes, 20 de febrero de 2012

"Le doy, pero no se pegue del tarro"

Por: Montgomery Piedra Valencia

laclase2.0@gmail.com

La Leche Condensada ha jugado un papel importante en la historia familiar nacional. Por esa razón me refiero a ella en mayúsculas. Es imposible olvidar ese tarro hermético. Se le hacían dos rotos con una puntilla, porque según la ciencia criolla del momento, mientras se chupaba por uno, por el otro entraba aire y así salía bastante lecherita. Tomarla sola, sacarle la masa al pan y rellenarlo de Leche Condensada, o tomarse un buen sorbo así le advirtieran a uno, “le doy pero no se pegue del tarro”, eran casi rituales en torno a la Leche Condensada. 

Éramos críticos y reflexivos frente a ese interrogante que resultaba del proceso de consumir Leche Condensada. ¿Cómo se sabía que ya el tarro no daba más Lecherita? Se hacían dos pruebas de rigor: primera: voltear la cabeza hacia arriba con el tarro en la boca esperando una última gotica de esa sustancia azucarda, y el cansancio en la nuca, era el indicador perfecto para determinar que se había agotado ese manjar. Segunda: si al soplar por uno de los dos orificios se escuchaba un eco, era que ya no quedaba producto.

Pero la cosa no paraba ahí. Había que escurrir hasta la última gota. Eso se lograba abriendo la lata con el cuchillo de la cocina, y calculando el espacio suficiente para meter un dedo. ¡Cuántas cortadas!, pero eso no importaba porque el índice sacaba el "medio tarrado" decía uno, que se quedaba pegado. Mi paladar apreciaba ese sabor dulce de mi dedo. ¡Delicioso!

Pasaron algunos años utilizando puntillas y piedras para abrir el tarro, hasta que de San Andrés, familiares y amigos, trajeron el ‘abrelatas’. Pero nada parecido a mi herramienta preferida, mi navaja roja con una pequeña cruz blanca. Ese regalo, hizo que mi vida diera un giro de 180°. Ya no tenía que buscar puntillas, o el escondido abrelatas, o el cuchillo de la cocina con cacha de madera y con ese olor peculiar a papa, cebolla, tomate y carne, todos los aromas juntos, para abrir mi tarro. Para eso estaba mi navaja. Bueno, pero esa es otra historia.

El tiempo sigue su curso, y gracias al neoliberalismo, aperturas económicas y toda la política de globalización, aparecen otras marcas y también otros envases. Ahora los tarros traen ese sistema ‘abre fácil’, solo se levanta un aro, y casi sin esfuerzo, aparece un orificio perfecto. Ya mi navaja roja, de la que solo utilicé esa hoja de acero especial para abrir latas, la tengo guardada porque me he dejado contagiar por las nuevas técnicas y tecnologías. Mi hija, que ha heredado de mí este gusto, porque créanme, parece ser que esta ‘adicción’ se transmite por los genes, y mi esposa, compran Leche Condensada en bolsa y con tapa rosca, que además vale tres veces más que la del tarro, y cuando se rompe la chuspa para sacar lo que se queda pegado, que desilusión... no hay nada.

Proceso de Autoevaluación LCIE

Por: José Francisco Amador

domingo, 12 de febrero de 2012

El hombre desafía la brújula


Por: Montgomery Piedra Valencia
laclase2.0@gmail.com


Estructuras. Todas se expanden hacia los cuatro puntos cardinales. Pero la Rosa de los vientos ya no es suficiente, las moles intervenidas por el hombre desafían la brújula y avanzan interviniendo el firmamento, todo va hacia arriba. Se reta la gravedad. Todo lo que sube ya no cae, se ha transgredido la ley.
Y a todas estas, ¿en dónde se encuentra el humano? ¿Encerrado en su creatividad? ¿Encerrado en sus extensiones? ¿En las de McLuhan? ¿Hay más extensiones? La situación es que sus creaciones lo deslumbran a sí mismo.

Los sistemas sin movimiento, son imponentes e inamovibles hasta que su hacedor determine lo contrario. Él está encerrado dentro de sus universos. No se le ve por ninguna parte. Pero algo se mueve, pasa rápido. El lente lo atrapa. Una prolongación lo detiene y lo obliga a retroceder. Hay poder de manipular, por lo menos a la imagen. Es una máquina con individuos adentro. El ser humano no se mueve, no camina, va sentado, también de pie, pero es astuto y aún en su discapacidad aparente, se desplaza.

Extendiendo la mirada con el lente. Con un objetivo incrustado en los ojos, la cámara mental encuentra a sus dobles. Se ubican en manada. Son sedentarios. Están rodeados por sus propias extensiones. Gigantes sin movimiento propio, como el Caballo de Troya, llenos de reprensentaciones de vida, pero inermes en su exterior. Es lo que registra la cámara cuando atravieza sus paredes.

Están encerrados por artefactos que ruedan y corren vestidos de colores. Son más pequeños, que los titanes estáticos, pero igual de imponentes. Dirigidos por otras mentes que obligan al no motorizado a huir, o a penetrarlos para camuflar su impotencia y desolación, y sentirse protegidos por la coraza del plaustro.

Un mundo lleno. Invadido. Todo es visible menos el hombre. El invade y no se ve. Su ingenio está presente. Sus representaciones y sus prolongaciones son satélites que giran a su alrededor (Jean Baudrillard). Pero, ¿quién es el invasor? ¿El hombre o la máquina? Talvés ninguno, talvés todos. Esta es la ciudad.