domingo, 23 de octubre de 2011

UN DISPARO, UNA MUERTE



Una historia ficticia de la vida real
Por: Montgomery Piedra Valencia

El silencio es interrumpido por un disparo. Gloria sube las escaleras presintiendo que algo malo trae ese sonido de muerte. Siente que sus pasos se acortan, que los pies no alcanzan el siguiente escalón. Al llegar a la habitación de su hija, la encuentra tirada en el suelo en medio de un charco de sangre. Paula de 14 años yace en el piso con la mirada fija y un arma junto a ella.
El vestido blanco está cubriéndose con la sangre que brota de su cabeza. Gloria grita con el dolor que sólo puede sentir una madre al ver a su hija muerta. -¿Por qué lo hiciste? -Pregunta Gloria en medio de su desesperación. -¿Qué hice mal?, -dice gritando mientras levanta a la niña y la abraza llorando desconsoladamente.

Llega una señora que sale de la casa de en frente y me pregunta qué pasó. –No sé. –Respondo. Agacho la mirada y no puedo decir más. La señora, entra a la casa. Yo sigo afuera en el andén. Ahora se escuchan los gritos y el llanto de Olga.

De una camioneta azul, se baja el hermano de Gloria. Me mira y sin preguntar nada, sube inmediatamente al segundo piso. Se oyen más gritos y el reclamo de Gloria, diciendo que en la casa no tenían porqué guardar armas. No soy capaz de entrar en esa vivienda, siento temor de ver el cuadro de esta tragedia.

Orlando el tío de Paula sale con una bolsa negra en sus manos; se sube a la camioneta y se marcha. Todo sucede en cuestión de minutos. Acaba de aparecer un vehículo de la policía. Dos agentes se bajan y me preguntan qué pasó. En este momento ha llegado mucha gente. Miro a los policías y no resisto más. Siento que mi garganta se cierra y el pecho me duele. Mis ojos se llenan de lágrimas y de verdad que no puedo pronunciar palabra.

Los policías entran a la casa y yo me marcho lleno de tristeza y dolor porque la niña que acababa de morir es amiguita de mi hija y las dos tenían la misma edad. En la noche llego a casa en silencio. Mi esposa nota algo en mi semblante y me abraza. Mi hija me da un beso y se sienta a mi lado. Enciende el televisor, y su mamá le dice que sintonice el canal local.

Están transmitiendo las noticias y todos nos sorprendemos al escuchar que Paula Aguirre se había suicidado pegándose un tiro en la cabeza. Yo estoy sorprendido por ver la noticia en televisión y que horas antes había vivido, pero mi esposa y mi hija apenas se enteraban. En ese momento nos abrazamos y lloramos.

Mi familia y yo, no asistimos al entierro, ni a ninguna ceremonia fúnebre. Además no hemos vuelto a ver a Gloria ni a su hermano. Tampoco hablamos del tema. Sólo hasta hoy que lo escribo y le comento a mi familia sobre este texto, invitando a la reflexión a los que han pensado en el suicidio. La angustia y la tristeza siempre regresarán a los familiares, a los amigos y a todos los que tienen la capacidad de conmoverse con el dolor ajeno, al recordar esos momentos trágicos.

No queremos estar tristes. Nadie desea estar triste. Pero, hoy después de unas horas, días, meses, o aún años de una tragedia como esa, preguntamos con dolor y angustia: -¿Paula, Marcela, Daniela, Juan, Pablo… por qué lo hiciste?

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