lunes, 9 de abril de 2012

Re-tejiendo la memoria: Escopetera y Pirza cumple 9 años de constitución


Por: Jhon Jaime Correa y John Harold Giraldo Herrera
Docentes Universidad Tecnológica de Pereira



“Transformar es recuperar lo que se ha perdido”, dice don Hugo Morales y mira con nostalgia el cerro Picará, pero al tiempo su frase sale con la fuerza de ser un indígena convencido de seguir conquistando logros para las comunidades indígenas. Su voz es la de un guerrero, que desde hace décadas dispuso su energía a favor de las comunidades, pertenece al resguardo de Escopetera y Pirza en Bonafont, situado al occidente del Departamento de Caldas, en el municipio de Riosucio, donde hay mucho por transformar y conservar.

La historia del resguardo Escopetera y Pirza empieza por la tierra. Por miles de años los indígenas estuvieron asentados allí, en épocas de la colonia se da cuenta de la existencia de Los Pirzas. Luego las tierras fueron apoderadas por terratenientes. Por un tiempo los que allí habitaban no sabían cuál era su identidad, pero tenían un lugar ancestral, un origen irrefutable y unas condiciones de vida marcadas por la necesidad de recuperar lo que les habían quitado. La exclusión y el desarraigo marcaron el inicio de una contienda por ser y existir. El resguardo fue por muchas décadas una ilusión. Con luchas, pugnas, marginaciones, violencia, triunfos, recuperación de la identidad y el patrimonio histórico, arqueológico y ambiental, lograron instituir el resguardo. Después de 9 años, se recuerda su historia por parte de quienes lo han construido: don Hugo, Manuel, Jesús, Diego Armando, entre muchos otros, antiguos gobernadores y ahora cabildantes.

Hoy no es que dispongan de mucha tierra, son 5665 hectáreas, la mayoría minifundistas, 4 hectáreas por familia, dice don Manuel, aunque la mayoría no tiene ni dos, el Incora les decía que para vivir dignamente eran 12. El territorio es vital para ellos. Pero aún por sus sitios ancestrales se convive con la ganadería en grandes extensiones y con predios que siendo suyos son habitados por otros que no comparten sus creencias y rituales. Por eso don Hugo, dice: “La mayor parte del ser indígena se hereda por los padres”. Han sido más de cinco décadas de lucha colectiva por establecer un territorio. Incluso, los hoy líderes del resguardo se acuerdan como hace un tiempo les decían: “¿Indígenas en Bonafont?, tener un resguardo jamás se va a lograr”, que parecían estar locos, les sentenciaban, al interior del resguardo hubo mucho escepticismo. Sin embargo, la Constitución del 91 les dio vigor y a punta de organización y liderazgo se pudieron legalizar. El resguardo es un sitio, que al ser consagrado por la ley les otorga ciertos beneficios: el tener unos recursos para comunidades indígenas de orden estatal, contar con la autonomía para gobernarse y tener un sitio donde conservar sus tradiciones.

Don Manuel, el primer gobernador del resguardo en 1993, afirma reconocer que empezaron como 200 personas, el carácter de la lucha tuvo muchos altibajos, pasando por carcelazos, señalamientos, pugnas al interior de ellos, muchas incertidumbres, muertes, hallazgos importantes como el de contar con una lengua que se consideraba muerta como la Umbra, unas rocas milenarias con petroglifos, pero sobre todo una comunidad que supera los 8000 indígenas dispuesta a mantener latente un legado. Un resguardo que como los otros tres existentes en Riosucio: Cañamomo y Lomaprieta, San Lorenzo y Nuestra Señora Candelaria de la Montaña, se erigen como parte de la identidad nacional. 

Don Antonio pronuncia una frase que ha sido el ir y venir del resguardo: “Sino estamos peleando, estamos cazando una pelea”, quien reconoce que resistir y conquistar lo que les pertenece ha sido producto de la lucha. Aunque cuentan con espacios, como la sede administrativa propia, si se descuidan, se los pueden quitar. Los curas han jugado un papel en el resguardo, en un tiempo fue la teología de la liberación, la consigna: Iglesia, carisma y poder, les generó confianza y crecimiento para crecer y reclamar lo propio, pero luego llegó otro cura que les dijo que eso era malévolo y entonces prohibió la organización. Don Antonio, es otro líder y fundador, su función ha sido la de estar acompañando la organización. Su conocimiento por lo ancestral deja entrever que lo indígena es más que llevarlo como un determinado color de piel. 

Diego Armando Tabarquino fue el gestor de haber conseguido el reconocimiento como resguardo. Un 10 de abril del 2003, luego de múltiples insistencias y “lobbies” con el Estado, quienes primero tenían que corroborar sí habían indígenas para determinarles un espacio, recuerda que el que daba la orden final a nivel presupuestal era el Ministro de Hacienda Roberto Junguito Bonnet: “cuando supe que iba a estar en una reunión en Manizales hice todo por meterme allá y que me atendiera”. Y así fue, la constancia y la persistencia dieron sus frutos. Diego fue gobernador en el periodo 2003 al 2005 y consiguió que por fin fueran legalizados. “Un triunfo de la comunidad no mío”, confirma, y su idea la dice con nostalgia, porque parece ser que antes había más disposición por los sacrificios que tenían que hacer: “Con sombrerazo en mano”.

El 10 de abril también es una fecha especial para el resguardo, porque en 1996 fueron declarados como una comunidad ancestral, dice don Antonio, es decir, como indígenas. En una visita con el Ministro de Interior de la época y el antropólogo Luis Guillermo Vasco, los de Escopetera mostraron sus tradiciones: bailes, medicina propia, pero “lo que quería el Estado era vernos hablar en nuestra lengua y así lo hicimos con una comunidad de Quinchía que nos ayudó”, precisa don Hugo. Al verlos, no hubo más que declararlos como comunidad ancestral. 

La memoria de estos líderes se intenta proteger mediante un proyecto de extensión de la Universidad Tecnológica de Pereira; quienes escriben, junto con los estudiantes Adriana Delgado de la Licenciatura en Etnoeducación y Desarrollo Comunitario, y Melisa Falla y Montgomery Piedra, de la Licenciatura en Comunicación e Informática Educativa, de la Facultad de Educación. Diego Armando sabe que le debe su honor a los Pirza, que habitaron desde 1627 en las zonas donde viven. Hay mucho por proteger, empezando por recuperar la lengua, el sentido de pertenencia, la defensa de su territorio. Los de Escopetera y Pirza son un resguardo en crecimiento, su historia es la de personas dispuestas a mantener en firme el legado indígena. El proyecto busca contribuir con la recuperación de las historias ancestrales y recientes del resguardo para ser retroalimentadas con las nuevas generaciones, quienes si no se transforman, es decir, si no recuperan lo perdido, la situación indígena podrá ser solo asunto de líderes y recuerdos.

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